lunes, 22 de julio de 2013

¿Clase media? No, lucha de clases

TEODORO NELSON 


Cualquier sistema es bueno mientras duran las cosechas. En la época moderna, las épocas de bonanza permitían adquirir bienes, como aperos o animales, a través de préstamos sobre las tierras. Mientras la cosa iba bien y había buenos tiempos, no había problema. Pero en épocas de crisis, cuando las malas cosechas, o las guerras, o las epidemias, incidían sobre las modestas economías de estos pequeños propietarios alodiales, les “ejecutaban” las hipotecas, beneficiando así al gran propietario, que veía aumentar sus propiedades y obligar a entrar en dependencia a los campesinos.


Esta situación no parece distar mucho de la actual, si nos fijamos un poco. Pero anacronías a parte, esta pequeña introducción me sirve como ejemplo sobre el absurdo capitalista de la idea de “Clase media”, que viene definida en cuanto a una determinada capacidad adquisitiva. Pero dado que esa capacidad es muy variable, incluso en un período corto de tiempo, usarla como categoría es un absurdo. Ahora con las reducciones salariales y recortes, muchos dejarían de ser “clases medias” a pesar de conservar la misma posición en el modo productivo, las mismas propiedades, etc.

No sólo eso; en toda la historia ha habido grupos con unas características similares, desde los aldeanos propietarios (laboratores) en la Edad Media, hasta los libertos en Roma (que algunos incluso llegaron a ser más ricos que sus amos), etc. De hecho, muchos historiadores hablan sin tapujos de “clases medias, altas y bajas” para otras etapas. Se deduce según esta sistematización que no ha habido cambios reales en la historia, sólo anécdotas, pues siempre encontramos estas clases. Es el relativismo puro.

Tal es el persistente anti-marxismo, que muchos utilizan otros términos para evitar hablar claramente de lucha de clases: grupos dirigentes, grupos dominantes, clases “privilegiadas” (que tiene recochineo, si ustedes me perdonan), sectores dominantes, etc. En fin, una liosa retahíla para evitar parecer un Rojo peligroso. Pero lo más lamentable es que no es un cambio categórico, sino terminológico. No hay cambios ni en las relaciones, ni en la definición, ni en la posición dentro del modo productivo… E incluso se admiten las contradicciones económicas, políticas, sociales, etc. Que nos expone el materialismo histórico. El patetismo llega a tanto que incluso se habla de “conciencia de grupo”. Parrafazos enteros de historiadores y periodistas son transformaciones del discurso marxista, plagios evidentes, como el que acabo de exponer. Pero esto no hace sino darle validez a las teorías del barbudo alemán, pues, a pesar de todo, no les queda más remedio que usar sus métodos. La verdad es que el hombre dio en el clavo.

Ahora en serio: al hablar de “clases medias” se perpetúa la idea de estado capitalista como elemento “conciliador de clases”, de árbitro entre los “grupos”. No existen clase dominante y dominada, sino una amalgama homogénea cuyas “pequeñas” diferencias se marcan por su coche, o por la marca de su televisor. Este argumento del estado que concilia las clases, aparte de ser ya uno de los top ten en el ideario legitimador del stablishment, ha sido ya criticado y analizado por Lenin en El Estado y la Revolución. Pero en cualquier caso, la idea del estado como mediador de las diferencias es una gran hipocresía, y una falsedad más evidente cada día. Pues el estado no concilia, oprime.

Hoy en día podemos ver como los banqueros le dan préstamos a los partidos que luego condonan, o donaciones que se fraccionan, o directamente con sobres, tan de moda estos días. Vemos como la política económica se ajusta a los intereses de esa minoría, que es la propietaria de la gran empresa, y no a la realidad social, a pesar de una supuesta democracia formal, bipartidista de fondo, donde los banqueros financian a los partidos que luego hacen política conforme a sus intereses, son los dueños de los medios de comunicación que ensalzan unas cosas y ocultan otras, y donde la justicia se aplica tan sólo a unos, no a otros. Es decir, el estado no concilia, sino que se asegura de la protección de los intereses de los capitalistas, pues estos tienen los medios necesarios para hacerse con el control del estado. El gobierno actúa como concejo de administración de la minoría, no como defensor de la mayoría; la democracia en el capitalismo es un chiste sin gracia.

De hecho, ni siquiera se cumplen las teorías de las clases medias en cuanto a la distribución de la riqueza. En España, el 10 por ciento en España que ostenta el 41,9 por ciento de la riqueza, cuentas en Suiza aparte. Quizás EEUU sea el ejemplo más claro, pues e l por ciento de la población tiene el 97 por ciento de la riqueza, según un informe del City Group. Hablar de clase media es erróneo en cuanto a que no revela, sino que oculta una realidad irreversible: la pugna entre las clases sociales, surgida de la gran diferencia de intereses y de su carácter irreconciliable, que cada día se manifiesta más claramente y con mayor intensidad, fruto de la crisis. Aceptar a las clases medias y querer volver al “estado de derecho” es legitimar un modelo que no sólo nos ha conducido a la crisis, sino que asegura los intereses de la plutocracia bajo cualquier circunstancia.  O aceptamos la lucha de clases, o aceptamos la miseria de clases. O banqueros o proletarios.