lunes, 16 de septiembre de 2013

El capitalismo crea las condiciones idóneas para el socialismo

TEODORO NELSON 


Uno de los grandes problemas a los que se enfrentó el socialismo en el siglo XX fue que las formas económicas socialistas eran muy débiles, o aún estaban poco desarrolladas. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo crea las formas económicas idóneas para el socialismo.

En primer lugar, las grandes empresas están muy centralizadas. A través de los trust y cárteles, y después las multinacionales, las empresas van mejorando en capacidad, distribución, ventas, innovación, etc. Hoy en día el capital financiero controla el industrial; nacionalizando aquel, se socializa prácticamente toda la economía. Este dominio absoluto del capital financiero hace más fácil no sólo la socialización sino el desarrollo de los medios productivos, haciendo que se acrecienten y aproximen a mayor velocidad las crisis del capitalismo por sobreproducción (la famosa “burbuja” que estalla), creando las condiciones objetivas para una revolución.



Además, el socialismo requiere de una enorme capacidad de desarrollo y organización que, lamentablemente, no se encontraban como precedente en el capitalismo del siglo XX, pero sí hoy en día. La unión económica trae consigo uniones políticas, que acercan más a los trabajadores entre sí, haciendo más difícil el resurgimiento del nacionalismo.

En segundo lugar, el desarrollo de los medios de comunicación. Si bien facilitan la manipulación de la información, y están, en último término, controlados por grandes empresarios –como Lara–, pueden volverse en su contra, especialmente las redes sociales, por su enorme capacidad de acceder a la información, además de que es mucho más difícil restringirla, debido a su carácter colectivo en cuanto a la difusión de las mismas. Incluso en los medios de comunicación las tecnologías tienden a socializarse.

En tercer lugar, la revolución política del capitalismo crea instituciones electivas y democráticas. Si bien es cierto que arrebatan los privilegios a los señores feudales solamente para poner los suyos, como clase burguesa debían contar obligatoriamente con la amplia capa de trabajadores, creando así estructuras democráticas de forma, si bien en el fondo sólo aseguran sus intereses. A pesar de ello, estas formas pueden ser tomadas por los socialistas en su forma (tras la destrucción de las instituciones actuales que, claro está, pivotan alrededor de los intereses de la oligarquía).

Es decir, la revolución política de la burguesía nos acerca a la revolución social y económica del socialismo. Pues hay muchos tipos de democracia, no sólo la política. ¿Quién puede afirmar que exista una democracia económica en el capitalismo, cuando todos los beneficios de la gran economía van a parar a las manos de unos pocos privilegiados? Por supuesto, las instituciones políticas en el capitalismo son necesariamente corruptas, pues necesitan tener abusivos mecanismos de control, pero son aparentemente democráticas. El objetivo de los comunistas es justo el contrario: crear una democracia más real que formal, al ser su objetivo la represión y control de los capitalistas, hasta que la sociedad se desarrolle lo suficiente como para que la figura de éstos se diluya en la historia.

De igual modo, las disensiones entre los capitalistas así como los intereses de la casta política, o “burguesía burocrática”, en palabras de Mao, hacen que surjan y se desarrollen derechos sociales de cada vez mayor número de personas (homosexuales, inmigrantes, feministas…) que hace, a largo plazo, más difícil la represión y facilita la unión de la izquierda.

En cuarto lugar, el desarrollo de la aristocracia obrera en occidente (esto es, el llamado “Estado del Bienestar”). Esta capa de trabajadores poseedores de cierto nivel de vida, es fruto de los enormes beneficios de los capitalistas, fruto de la explotación del tercer mundo, creando en occidente y Japón un mercado nacional potente además de una masa social más o menos contenta y “apolitizada”). Lo que, junto al miedo a la URSS, así como la necesidad del capitalismo de garantizar infraestructuras y mano de obra muy cualificada, hizo que se nacionalizaran determinados sectores, creándose unas estructuras públicas mucho más desarrolladas que anteriormente (sanidad, educación superior, etc.).

Esto, aunque pueda parecer en un principio que fortalece el apego al modelo existente, se transforma en momentos de crisis y debilidad del sistema en la reticencia y el rechazo hacia un modelo más privatizado. Quizás pudiéramos poner la salvedad de EEUU, pero a pesar de su feroz anticomunismo, así como el rechazo ideológico al socialismo, no han podido evitar fijarse en la vieja Europa y ahora luchan por un modelo público, al menos en cuanto a la urgencia más inmediata, la sanidad.

Se trata tan sólo son unos pocos elementos de los presentes en el capitalismo que permiten el avance hacia el socialismo. Creo firmemente que estos elementos ya están presentes o muy presentes en nuestra sociedad. Tan sólo debemos hacerlos nuestros para crear una nueva. Ya lo decía Lenin: la revolución no se hace, se organiza.

Con todo esto no quiero decirles más que una de las cosas más divertidas que tiene el estudiar historia es ver como cada sistema crea aquellos elementos que acabaran con él; cada sociedad crea las armas para que ésta se destruya. De hecho, es el capitalista moderno –el banquero, el accionista de una multinacional, el dueño de una constructora…– quién ha creado a su mayor enemigo: el trabajador moderno.