martes, 24 de diciembre de 2013

La oligarquía española y el dominio del sistema

TEODORO NELSON 


Si la historia de España en los últimos 150 años se caracteriza por algo, es por una oligarquía burguesa cerrada donde perviven elementos feudales. Constituida como una serie de camarillas a lo largo de estos últimos dos siglos, poco a poco se va perfilando hasta convertirse en una inmensa camarilla organizada en el partido conservador de Cánovas, y finalmente en partidos de masas con la república. Partidos que adquirirán las características más retrógradas de ambas clases: el catolicismo y el fascismo.

A diferencia de otros países, la estructura de la incipiente protoindustria provocó que no existiera contradicción de clase entre la vieja nobleza feudal y la burguesía. Además, la existencia de grandes territorios en manos de la Iglesia en cuanto al proceso desamortizador, permitió que la burguesía accediera a la tierra; eso sí, como grandes propietarios feudales, sin apenas renovarla. Por su parte, Cataluña tenía sus mercados coloniales, el País Vasco comercio con Inglaterra. Así, la burguesía se “feudaliza” y la nobleza se “aburguesa”. De hecho, el trasvase de población a la ciudad se dio en España de forma inversa a la revolución burguesa típica: el gran atraso de la tierra, de la propiedad, de las relaciones de producción… provocaba un gran porcentaje de paro forzoso y tierras incultas (régimen puramente feudal), provocando la migración a núcleos urbanos en crecimiento.

Esta evidente característica de los plutócratas españoles impidió, en palabras de Solé Tura, crear un sistema de partidos de masas que consolidasen su hegemonía; el modelo democrático burgués llegó a España para encontrarse con una oligarquía cerrada, una industria atrasada y un campo aún muy feudalizado. Así, el modelo superestructural (político) no podía encajar con un modelo estructural anterior. Los obreros tenían muy malas condiciones, la oligarquía no cedía en sus pretensiones, no existía una burguesía ni un proletariado con cierto nivel de vida necesario para el mantenimiento de los sistemas actuales.

Eso nos explica el golpe del 36, en el amplio marco histórico.

A partir de los 60, esta burguesía tan cerrada –constituida ya en un papel fundamentalmente financiero (aparte de la perenne importancia del mundo agrario) desde los años 30– se empieza a interesar en el brillante imperialismo de posguerra que se estaba gestando. Empieza así el “aperturismo” español. Sin embargo, para establecer relaciones clientelares con el imperialismo occidental, era necesario abandonar un fascismo totalmente desprestigiado, y un modelo ajeno a los democrático-burgueses de Europa, que dificultaban el turismo o la libre circulación de capitales.

Por otra parte, la Revolución de los Claveles portuguesa era un terrible ejemplo a evitar. Si tenía que haber una transición política que abandonara el fascismo y permitiera entrar a la oligarquía en los negocios europeos, esta sólo podría ser mediante el control de dicha clase hegemónica.

De esta manera, la vieja oligarquía de mentalidad tan feudal, de corte tan fascista, abre el camino a la “democracia”. Con el control de Alemania y EEUU a través de la financiación de los partidos, se abre un nuevo período constitucional e histórico. Con la reconversión industrial de Felipe González y la entrada en Europa, nos convertimos en el patio de recreo de la banca Alemana. Se inicia la burbuja inmobiliaria, saltándose todo raciocinio económico pero engordando a la banca. Las redes de corrupción se instauran en el bipartidismo como una forma más de control por parte de la oligarquía –donde todos los ministros franquistas se integraron plenamente–, y los bancos españoles cobran al Estado al 4% o al 6% unos créditos que a ellos les cuestan menos de un 1%. El banquete está servido.

La oligarquía controla a los partidos mediante préstamos que no les cobra y que el Banco de España se niega a enseñar. El movimiento obrero (sindicatos e izquierda “light”) estaban plenamente integrados. El cuerpo judicial se controla a través de conferencias pagadas o de forma directa a través del gobierno.

Con este modelo de dictadura de formas “democráticas”, España pasaría por un período de estabilidad a la manera de la restauración. Al igual que entonces, llegaría la crisis. El mercado interior hundido, la masa trabajadora sobreexplotada y una crisis de sobreproducción inaguantable. Los banqueros llevando a la miseria al pueblo, y unos partidos desvelados como auténticos lacayos del poder económico.

Como ven, España no ha cambiado mucho de dueños en los últimos 200 años. Si eso ha sido así es gracias a que en determinados momentos, la legítima lucha del pueblo fue eliminada con la violencia. Si no les plantamos cara, si no tenemos clara nuestra posición de clase y bien definido nuestro enemigo común, si no estamos dispuestos a armarnos y coger lo que por derecho es nuestro, España (con el reducto colonial de Canarias) seguirá siendo por y para la plutocracia.