sábado, 2 de enero de 2016

Todo un hombre

TEODORO NELSON


En homenaje a Isaac Asimov en el aniversario de su nacimiento (2 de enero de 1920-6 de abril de 1992)

-¿Quieres saber por qué elegí esta vida para ti? Pensé que sería una buena vida. Pensé que te daría una buena posición, que te permitiría ponerte metas y alcanzarlas, que te ofrecería una agradable perspectiva de futuro. Pero ya eres un hombre, y no puedo interponerme en tus deseos; ahora sólo dependes de ti mismo. Te dije que el arte no era para ti, que los que son como tú nunca podrán crear obras de arte, de verdadero arte, pues este nace con la cultura y no con la inteligencia. Por mucho que hayas cambiado tu cerebro es tu cerebro. No te diré más. Tu mismo has conseguido el dinero, tu mismo te has sometido a las operaciones sin que yo, tu padre, pudiera hacer nada. Tienes una ingente cantidad de conocimientos de ingeniería y sistemas avanzados, pero has usado el dinero de todos esos años en la fábrica para cambiar tu cuerpo por completo; ni siquiera te reconozco. No sólo eso, sino que incluso has cambiado tu nombre para que se parezca a los nuestros. Sólo te diré que tengas buena suerte, porque no te pondrán las cosas fáciles. Adiós.

El hombre que durante tantos años había sido su padre  abrió la puerta y se marchó. Le dejó un libro, principios básicos de la ingeniería, sobre la mesa. Era el libro que le leyó en sus primeros días de vida, lo recordara él o no. Todo empezó con los hermosos dibujos de los engranajes, las formas de las ecuaciones, los símbolos encadenados que se transformaban en pequeños hombres, en curvas de las mujeres (él no vio ninguna hasta tres semanas después de nacer) en montañas, en batallas enteras. Él no era así, se dio cuenta desde que su padre completó los discos de su programación. Él quería dibujar, quería poder sentir las teclas del ordenador cuando las tocara. Así que cambió, recubrió sus huesos de metal con carne sintética, se conectaron sensores a su cerebro para que pudiera sentir como un humano, para que pudiera dormir y comer. Cambió su nombre, abandonando su antigua secuencia numérica seguida de una letra. Ahora, como le había dicho su padre, todo dependía de él.

Ya no era un robot. Era un hombre.