lunes, 5 de septiembre de 2016

Teología del neoliberalismo

TEODORO NELSON 


El neoliberalismo es la expresión descarnada de los intereses del capital en su fase imperialista más desarrollada. Es, al tiempo, la ideología del imperialismo estadounidense como fuerza hegemónica. Esta surge en un momento de crisis del capitalismo donde era necesario aumentar la cuota de plusvalía, tanto aumentando la tasa de explotación (desde 1973 en EEUU vemos un estancamiento del salario real al tiempo que colapsa el sistema Breton Woods y se produce un proceso de desregulación a escala mundial en cuanto a la balanza de pagos [1]) como saqueando el tercer mundo (aplicación de los Programas de Ajuste Estructural o intervención en las dictaduras de América Latina).

Uno de sus dogmas más importantes es que ya no existe el “trabajo” ni los “trabajadores” [2], que eran elementos del “pasado”. Esta doctrina, a pesar de lo absurdo, ha sido aceptada por todo el pensamiento europeo, e incluso por amplios sectores de la “izquierda”. El término “proletario” es aún más condenado, convirtiéndose a menudo en sinónimo de “pobre”.

Así pues, el proletariado sólo existió durante un breve período de tiempo entre el siglo XIX y mediados del XX. Hoy en día no existen los trabajadores como tal; sino meramente diferentes escalas salariales. No existen ya las clases sociales, y las únicas diferencias son identitarias: raza, etnia, religión, cultura... Aparece así el racismo cultural.

Lo que en apariencia es una defensa a ultranza del individualismo no es otra cosa que el reflejo invertido de la misma realidad material. Si en el siglo XX la burguesía y sus aliados pregonaban el conciliarismo de unas clases con otras -cuando precisamente sus contradicciones eran cada vez mayores- es en las últimas décadas del siglo cuando proclaman directamente la desaparición de las clases como dogma generalizado. ¡Precisamente cuando el proletariado es mayor que nunca, cuando está extendido a por todo el globo!

Esta doctrina neoliberal que niega no sólo las clases, sino la misma existencia del proletariado, es un tigre de papel en la cabeza del imperialismo. Una vez el proletariado del siglo XXI está extendido a escala mundial, cuando las multinacionales tienen millones de trabajadores en decenas de países distintos, unidos y jerarquizados a una escala nunca vista, es entonces cuando el capitalismo pretende darlos por liquidados. Esto es reflejo directo de su posición dentro de la esfera de la producción: una vez el trabajo asalariado es universal, desaparece ante sus ojos más que como un costo agregado. Así pues, el capitalismo demuestra su decadencia. Aquí también vemos como “la debilidad había buscado cobijo, como siempre, en la creencia mágica, creía haber superado al enemigo cuando simplemente lo espantaba en la fantasía y perdía toda comprensión del presente ante la glorificación pasiva del porvenir y de los hechos que tenía previstos, pero todavía no quería anunciar[3]. O mejor dicho, “los abortos de su cabeza han acabado por imponerse a su cabeza[4].

Lo que demuestra esta propaganda si invertimos su pensamiento y lo trasladamos al mundo real, a la ciencia empírica, es todo lo contrario:

En primer lugar, demuestra cómo los capitalistas están quedando cada vez más aislados en las relaciones sociales de producción. No es de extrañar que el desarrollo del capital ficticio suponga al mismo tiempo un alejamiento de la clase capitalista financiera, pues paulatinamente su proceso de valorización se va alejando de la esfera de la circulación de mercancías. Si este proceso según Marx “no deja rastro a su paso[5] en la actualidad la oligarquía capitalista ni siquiera puede ver tan siquiera la transformación de sus propias mercancías, o las mercancías en sí mismas. Sólo ven dinero que sale y entra.

En segundo lugar, demuestra como el proletariado se ha desarrollado en todos los rincones de la producción. Salvaguardando los países neo-coloniales, el campesinado ha quedado reducido a su mínima expresión necesaria. Toda relación productiva que se establece hoy día es, en esencia, una relación de trabajo asalariado [6].

Aunque el neoliberalismo se le tache con razón de hipócrita, o de ser una forma de “engañar” a las masas, al mismo tiempo refleja el estado de enajenación que sufren los propios capitalistas, cuyo modo de producción se asfixia ante la enorme vividez de las fuerzas productivas que ellos mismos despertaron: el trabajo organizado y centralizado.

Ante esto, no pueden más que negar la propia realidad empírica en sí y rechazar, de facto, la propia existencia del trabajo asalariado en sí mismo, negando el trabajo como clase social y como posición dentro de las relaciones productivas. Es el fetichismo del dinero, pero en su forma total, donde sólo este existe, éste procrea y se reproduce por sí mismo.

Esta “ciencia religiosa” no dista mucho de los dogmas del fascismo, pero en vez de promover el corporativismo promueve la privatización. Ambas son ideologías abstractas basadas en el expansionismo capitalista. No nos extrañe que en su fase de decadencia, el capitalismo sentencie su propia ciencia confinándola a una forma de religión, abandonando todo análisis empírico. Aquellos que acabaron con la religión como ideología dominante han acabado por convertir su pensamiento en una creencia religiosa, con el todopoderoso dólar a la cabeza. Incluso se remiten al “gobierno de los mejores” como las propias teorías aristocráticas, dado que ya no hay clases.

Lamentablemente, diversas facetas del neoliberalismo impregnan el pensamiento hegemónico actual. No nos debe extrañar que muchos movimientos hayan ido a buscar sus respuestas en el ciudadanismo del siglo XVIII y en las proclamas democráticas abstractas, puesto que son incapaces de definirse a sí mismos como aliados de los obreros (¡si no existen!). Sólo el análisis de clase, el método del socialismo científico, es la única ciencia que no acepta las tesis del neoliberalismo. En palabras de Lenin “Desarrollar la conciencia de las masas sigue siendo, como siempre, la base y el contenido principal de todo nuestro trabajo[7].

NOTAS

[1] Ver Alejandro Nadal: Tasa de ganancia y neoliberalismo.
[3] Karl Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.
[4] Karl Marx: La ideología Alemana.
[5] Karl Marx: El Capital (tomo 1)
[6] Cabe destacar aquí que se entiende por proletario. Un proletario es todo aquel que “depende de la venta de su fuerza de trabajo para sobrevivir”. Es la clase trabajadora moderna. Una falacia muy extendida es adscribir como proletario solamente a los obreros industriales, y más aún: al obrero industrial pobre. Esta mentira se usa a continuación para afirmar que ya no existen los proletarios. Esto, como vemos, es una continuación de las tesis neoliberales. Pero incluso hoy en día hay más obreros industriales pobres que nunca, los cuales, aunque repartidos por el globo, muchos trabajan para las multinacionales occidentales. En cualquier caso un camarero o un maestro siguen siendo proletarios. Un proletario con un asalario alto sigue siendo un proletario; la tendencia pequeñoburguesa a no definirse como tal y situarse en el marco abstracto del neoliberalismo como “emprendedores” o “académicos” es muy común. Como ejemplo, cabe destacar el contenido trabajador de la famosa Comuna de París. Entre los proletarios comuneros, había un 8% de oficinistas, 10% de pequeños tenderos (que no eran estrictamente proletarios) y un 7% de funcionarios, así como pequeños artesanos. Un asalariado del gobierno es un tipo específico de proletario. Trabaje con un ordenador o con una hormigonera, si tiene que ir a trabajar (venta de fuerza de trabajo) es un proletario, muy a su pesar. Por regla general, estos grupitos de intelectuales “están en contra de la unidad de los obreros, que es un hecho efectivo, y en favor de la unidad de las tendencias intelectuales, que es una promesa verbal”. Esta situación bien descrita por Lenin refleja cómo esta mentalidad es un precioso campo de cultivo para estas teorías no empíricas del neoliberalismo.
[7] Lenin (V. I. Ulianov): El trabajo del partido entre las masas.